jueves, 4 de junio de 2009

Y yo que me burlaba...

 

Una de las primeras cosas que puse en este blog, hace casi 2 años, fue una serie de portadas de discos que, francamente y aún comparándolas con los figurines que vemos por ahí, relucían como adefesios en un entorno de suyo abominable. Lo que en aquella ocasión me repelió no me preparó para esto: los artistas (sic) que estaban detrás del Muro mostraban de igual manera que la ocurrencia –ese encanto tan mexicano– no es privativo de los capitalistas, tan dados como somos a lo simplista y chusco. Ya no sé, lo digo en serio, hasta donde puede llevar la búsqueda, inocente o no, de la fealdad, de lo ridículo.

 

jueves, 21 de mayo de 2009

Enfrentando la invasión

 

la vida campechana Nomás esperando que toda la barbarie nos pase de frente Imaginemos un día sin libertad: las opciones son solo una y lo dicta la masa Y ya A joderse nomás Olvidémonos de lo que de veras enciende nuestras ganas y nuestro ánimo Eso es historia ya O no dejarnos O encontrar maneras No de enfrentar Sino de evitar claudicar ¿Es eso rendirse? Depende de cómo se mire Lo importante entonces es mirar pasar Lo importante también es Cómo Y ahí entra el color de nuestra armonía O no Simplemente una ligereza en cuanto a la vida (La vida que es entorno y que es un aire que nos lleva, simplemente) La vida campechana pues Por eso me llamo a mi mismo a la cordura Los que me rodean son otra cosa Menos sana Más sombría No puede ser bueno bajar la guardia Tampoco Levantar los puños ¿Es cobardía hacerse a un lado? Ya perdí esperanza Pero he ganado afectos y amor y gustos personalísimos y manías divertidas y risas y cosas mías y de otros que ya son mías Perdí las ganas de enfrentar Pero Ah Cómo he disfrutado enderezarme cuando creo verme afectado Para eso son las cosas ¿De qué sirven nuestras pasiones? La vida campechana es la vía

 

(me voy por un café)

 

lunes, 11 de mayo de 2009

La guerra perdida

 

Somos los que intentamos volver a las cosas los que estamos mal. Los demás, los que son incapaces de pensar por encima de su nivel intelectual básico, deben de estar bien. Cualquier ejercicio intelectual que exija más que la simple decisión de abrir los ojos, mover un dedo o sentarse a comer, es una actividad estrafalaria e innecesaria: nada puede valer la pena si hay que pensar para adentrarse a ella, argumentan los demás. Por eso no interesan ni el cine, ni la música, ni la poesía, ni la literatura, ni el arte ni nada que de verdad valga la pena. Interesan, esos sí, los ritmos mediocres y facilones, como el intelectualmente desposeído reggaetón. Interesan, esos sí, los suspiros y gazmoñerías repetidos ad nauseam de la telenovela en turno. Interesan, esos también, los libros que nos dicen cómo hacer las cosas –como si la vida fuese un procedimiento. Interesa, lo veo todos los días, cualquier inmundicia envuelta en colores brillantes: la persona promedio acepta por buena cualquier trastada, siempre y cuando sea del gusto de la masa.

 

Dice Alessandro Baricco, el excelente novelista italiano, que la 9na sinfonía de L. v. Beethoven fue la primera composición musical que hizo a los críticos volver a ella para saber qué estaba pasando. Antes, al parecer, no sucedía así. Ahora, ya se ve, tampoco. Cualquier melodía ñoña es himno al día siguiente de ser pasada por la validación de la radio y el hit parade. Los aeropuertos son, lo dicen los que leen, el punto de venta más grande de libros. Claro, libros que no piden al lector más allá del gruñido neuronal, del simple y llano movimiento de los ojos. De Carlos Cuauhtémoc Sánchez a Dan Brown, pasando por Coehlo y otros autores igual de pobres, ya vemos hacia donde va la clase culta que, insisto, lee. ¡Ah, la estupidez! ¡Da libertad para entretenerse con tan poco..!

 

¿Otro ejemplo? El cine. Ya enfundado en su valor de ocio poco inteligente, el cine no es en sí, sino en su perímetro: valen más –no solo en términos económicos, sino de peso específico en el gusto de la masa– la promoción, la figurilla de acción, el nombre del actor y hasta la inminencia de una secuela. Un premio, sobretodo si es un disminuido Oscar, se puede anticipar: ¿la peli toca tema social con supuesto coraje, lleva nombre conocido y apacigua la necesidad del público de pedir prestadas las emociones? Premio de la Academia, seguro. O qué tal: ¿el actor en cuestión deja de lado el cine de comedia/aventura/acción para tocar tema sensible con increíble, por impostora, postura histriónica? Premio(s) de la Academia, seguro.

 

El entretenimiento no requiere, parece decir la sociedad, de ningún esfuerzo. ¿No se dan cuenta, me pregunto, de que en el esfuerzo hay también un goce y un placer que no son menores? ¿Habrán, alguna absurda vez en su vida, tenido la paciencia para esperar, para escuchar, para dejar que las moscas muertas dentro de sus cabezas se pongan a revolotear? No lo creo. Las cosas, nomás, seguirán igual. Y eso, en el mejor de los casos…

 

(Corolario: “¡Qué influenza ni que ocho cuartos! Vamos a seguir adelante hasta que haya democracia” dijo el Lic. López, ese involuntario Borat con el que acarreamos por ser una sociedad mediocre.)

 

viernes, 8 de mayo de 2009

El crecilac de todos los días

 

Día aciago para el béisbol. No, Manny Ramírez no es un caso único. Ni siquiera, la gota que derramó el vaso. Es, tan solo, un ejemplo más de la inercia que ya puebla este deporte. O todos, para el caso. Ayer leía a personas que pedían que los recientes triunfos en Serie Mundial de los Red Sox se marcaran con un asterisco, para dejar en claro de que detrás de eso hubo trampa y mala fe. Pero, en ese espíritu, ¿no tendrían los Yankees que deshacerse de no sé cuántos campeonatos divisionales y de liga por haber tenido -o tener, lo que es peor- a ejemplos probadísimos del consumo de esteroides, como Giambi, Clemens, Pettite, A-Fraud etc.? Y lo mismo con los otros 28 equipos. Lo que es cierto es que no podemos mirar con la misma óptica a Hank Aaron y a Barry Bonds, ni a Babe Ruth y a Mark McGwire. No me extraña que el record de Joe DiMaggio, 56 juegos consecutivos pegando de hit, no se haya roto en 67 años ni se vaya a romper nunca: no hay droga que te ayude a ser constante...

¿Qué pensar del castigo? Manny volverá en Julio y seguirá bateando -aunque sin ayuda del crecilac- y conducirá a los Dodgers, quizás, otra vez a los playoffs. Le reducen casi 8 millones de salario, pero ¿hace mella a un jugador que ha ganado más de 200 millones en 10 años? No lo creo. Lo siento por Manny, pero mientras la MLB no se faje los pantalones e imponga castigos de verdad (¿qué tal una temporada sin jugar y sin sueldo y banned for life si reincides?), no habrá manera de disuadir a novatos, estrellas y demás de que el béisbol es un deporte donde se compite con habilidades formadas, no prestadas.

 

jueves, 30 de abril de 2009

Los días como hilo

 

la forma de la mañana

 

es puro cuento

 

: nada termina por creerse

 

resta confiar en que la noche

 

nos permita

 

seguir siendo

 

ingenuos

 

martes, 28 de abril de 2009

La ofensa siempre está en otro lado

 

Se dirá lo que sea, pero ofenderse porque una publicidad en España muestra a un mexicano estereotipado –sombrero de ala anchísima, máscara de luchador, chaparro– es una exageración. ¿Por qué nos ofende, al grado de ameritar regaño diplomático, una publicidad inocua, cuando nosotros mismos nos prestamos al juego de la ocurrencia? Sí, de la ocurrencia: ese malabar de la psique mexicana que consiste en trastocar el sentido común. En todos lados se ve lo mismo, estoy de acuerdo, pero ¿en todos lados se lastima tanto al gusto?

 

lunes, 27 de abril de 2009

Improbable, difícil, rarísimo: grandioso

 

Con salvedades, intento siempre anteponer el béisbol –así, a secas– al triunfo del equipo favorito. Quiero decir: siempre valdrán más en mi recuerdo y en mi goce los destellos de una jugada única, de un juego llevado de la mano de los pitchers, que el resultado a favor del equipo favorito. No quiero decir, claro, que me es indiferente el triunfo: algo de sabor a hazaña épica hay siempre en ese último out con marcador a favor. Por ello, aún respiro el ánimo festivo que me envolvió ayer cuando, tan inesperado como la felicidad, Jacoby Ellsbury se robó el home en el juego contra los Yankees, en Boston. Se entiende: el robo de home es rara avis en el catálogo de jugadas de ataque posibles en el béisbol. Es, quizás, la menos intentada, la menos exitosa, la más complicada: la más grandiosa. Correr las bases no es cosa fácil: menos, aprovecharse de una fracción de estática para aventurarse a lo imposible. Robar base requiere más, mucho más que velocidad al correr: se depende del colmillo, de la oportunidad, de ver abrirse una ventana incierta. Solo dos resultados son posibles: la gloria o el descalabro. Cualquiera que sea el resultado –la carrera anotada o el sonoro out en home–, quien pierde en esa aventura lo hace con una dosis de humillación que, seguro, debe saber amarguísima. Ayer, Ellsbury se atrevió a desafiar, con todo éxito, a la poderosísima maquinaria defensiva de los bombarderos del Bronx. Grande por partida doble, lo aplaudo.

 

jueves, 23 de abril de 2009

El entusiasmo, explicado

La posibilidad de un encuentro mayor llena, lo menos, de una emoción y una felicidad únicas: solo en presencia del placer nos encontramos y somos y nos comprendemos a nosotros mismos, creo. Necesariamente, la búsqueda inconsciente de la cotidianeidad del hedonismo nos vuelve distraídos, oblicuos: caemos en cuenta del fallo a favor cuando ya dentro de nosotros florecen, irremediablemente, la pasión, la energía, los sentimientos más impuros y más sublimes. Pasa pocas veces, y nunca son inofensivos. Pasa inesperadamente, cuando creemos todo perdido. Pasa y permanece algo, aún inexplicable, que modifica la manera que tenemos de acercarnos al mundo, al entorno, al Otro: a nosotros. La lista de eventualidades o placeres absolutamente espontáneos es forzosamente corta: únicamente la restringe eso que nos hace ser diferentes. Y eso, claro, pesa mucho. Es todo. Entre lo mío, pienso sobretodo en la validez del heavy metal, en el sabor extrañamente indispensable del café, en la euforia exquisita del vino y la cerveza, en la sencillez y-¿quién me lo hubiera dicho?- la arrogancia del couscous, en la apertura sensorial del peyote y el LSD, en la abyección y redención de la poesía (¿cuántas cosas es la poesía?), en la oscuridad del cine,…

 

Desde hace unas cuantas semanas, algo parecido me está intrigando. Algo que quizás sea. O no. No importa: si lo es, estaré adentrándome a otra etapa de (re)conocimiento, de búsqueda: de encuentro, sí, de encuentro con ese que soy yo y que aún –y, quizás, por siempre- desconozco. ¿Quién soy? No lo sé sino yo y, sin embargo, dudo… Si resulta que no, que es simplemente un vistazo, entonces habré, de cualquier forma, disfrutado ese periodo de vida. Por lo menos, el triunfo es mío. Desde hace unas cuantas semanas, la ópera se acercó a mí. Me da entrada y entro, por fin. Pero entro poco a poco y cauteloso: sé cuán rápido se extinguen los destellos de grandeza. El camino fue, lo veo ahora, sumamente natural: la música vocal me es cara desde hace años: J. S. Bach como rango mayor del genio. Me gusta escuchar, pero ¿por qué no la ópera? ¿Qué me alejaba? La respuesta no es otra que yo mismo: nada en mí me acercaba a ella y ella, claro, me cerraba las puertas. O lo merezco o no y mi esfuerzo era pobrísimo y, aún más triste, vano. Culpo también a la tragedia contemporánea que son los cantantes populares: Paul Potts, Il Divo, Andrea Bochelli o pavonadas como Domingo interpretando poemas (sic) del anterior Papa,… ¿Qué de ello es peor? No hay límite superior para la porquería. Entonces, a tientas, me acercaba por otro lado: un aria es un reducto que otorga inmunidad y cierta confianza. El salto a la obra completa no se dio sin sus bemoles. Se dio, es lo que vale. Apenas me adentro, y ya me entusiasmo todo. Apenas me adentro y no sé si la entrada ya se abrió por completo, si de veras me permiten la belleza. No sé. Hoy, escucho. Hoy, disfruto. Mucho.

 

miércoles, 8 de abril de 2009

Notas sobre el drama

 

Ayer, cuando salimos del cine después de ver “The reader” –peli ciertamente recomendable, que no excelente, acerca de una relación amorosa hilada sobre la fuerza que tienen las palabras– me di a pensar acerca del componente moderno del drama: ¿por qué el público en la sala no suspiró cuando sucedió el clímax de la película, la escena de mayor carga dramática? Ah, ya: porque no hubo explosiones, no hubo gestos marcados en los rostros de los protagonistas, no hubo música estridente. Pero, ¿y qué con eso? ¿Cuándo perdió el drama esa potencia inherente en manos de recursos válidos pero no indispensables? ¿Cuándo se torció la ruta y satisficimos nuestra hambre de emoción dramática con meras imitaciones? Y todo esto viene a cuento porque, entre el sábado y ayer, coincidí musicalmente en dos monumentos musicales, igualmente dramáticos, que llevan la emoción de maneras no necesariamente opuestas pero sí diferentes: ya Leonard Bernstein se preguntaba cómo había pirados que calificaban de undramatic a la Pasión según San Mateo de J. S. Bach, cuando la mera postración del escucha ante el suceso que definió la cultura occidental –Semana Santa como repetición- es inmensamente emocional. Pero también escuché –y vi, con la maravillosa Anna Netrebko y el mexicano Villazón- el primer acto de La traviata de G. Verdi, donde el drama, ahí sí, es todo gestos y liviandades cantadas casi a gritos y excesos y muerte y vidrios rotos. Gustóme bastante, claro. Y entre las dos, ¿qué? La telenovela mexicana debe todo a la ópera. El cine de acción, el cine de drama, el teatro moderno: el drama como muestrario de excesos. ¿En qué momento extraviamos el rumbo, insisto?

 

lunes, 23 de marzo de 2009

Lecciones no aprendidas (aún)

 

El Clásico Mundial de Béisbol termina hoy, con el juego final entre Corea y Japón, únicos equipos merecedores de estar ahí, a un paso. El trofeo del Clásico se quedará en Asia. ¿Con qué nos quedamos nosotros? Con avisos y alarmas, con ciertas lecciones que nuestros equipos –caribeños y norteamericanos– deberían sentarse a analizar:

 

1.        La vuelta a lo elemental: toque de bola; correr las bases y abrir la posibilidad de que un sencillo se convierta –usando piernas, velocidad e inteligencia– en un doble; saber cuándo robar una base, robando antes el lanzamiento al pitcher, aprovechando bolas lentas y aquellas que caen, distrayendo al cátcher.

2.       Saber batear: no solo conectar hits: también, ajustar el swing en función del pitcher; incomodar su zona de strike; aprovechar las esquinas y saber levantar bolas que caen: la curva como oportunidad.

3.       Jugar como equipo, no en equipo. Un juego se gana si se construye una victoria. Es cierto: muchas carreras caen como resultado de potencialidades individuales, pero mucho se logra levantando poco a poco el triunfo. En latitudes tan poco favorecidas con el batazo largo, como la nuestra, es urgente repensar en un béisbol de toque, de puesta en juego, de robo y coordinación de equipo.

4.       El poder al bat no lo es todo. Ayer, Japón le anotó un par de carreras a Estados Unidos basándose en la estrategia base por bolas – hit & run – elevado de sacrificio. Un solo hit bastó para hacerse de una carrera.

5.        La velocidad en el brazo de los pitchers no lo es todo. ¿Le hubiera ido mejor a la selección mexicana de haber incorporado a otros pitchers de Liga Mexicana? Apostarle al pitcheo fogueado en Grandes Ligas es apostarle a la recta y a su velocidad. Quizás convenía probar las opciones locales: curvas, cambios de velocidad, tenedores, sliders y toda esa variedad de mentiras que hacen tan chispeante el juego latino y asiático.

 

viernes, 20 de marzo de 2009

Saber escribir cuentos

 

Escribir cuentos no es cosa fácil. Chejov lo sabía; también Faulkner y Joyce. Cortázar quiso pasar inmune y lo cambió todo. Todos lo domesticaron a fuerza de genio. Otros han intentado, con resultados menores. Tanto, que el cuento es ya una forma de poesía: su lectura es cada vez más marginal y se vuelve a él cuando, de plano, no se puede ya más. Escriben cuentos muchísimos; no tantos -poquísimos- los levantan hasta lo que formidablemente alborota sentidos todos y la imaginación y vuelve comestible a la rutina. Etgar Keret no es un grande -no aún- pero se disfruta bastante. Un cuento es un universo, me dijo alguien. Creo que no entendí qué me quiso decir –la gente dice taaaaaantas cosas que uno deja de hacer caso-, pero ahora me aproximo a una idea: los cuentos de Etgar Keret son extrañamente convencionales, pero vivientes de un dinamismo que quizás se encuentre en el lenguaje, quizás en la trama: seguramente en la idea misma de que todo, vida y cuento, son ficciones sin remedio. Leí los cuentos del libro como pidiéndole más al autor; terminé con un final en boca y en mente delicioso, como si de aguas se tratara, como si de aguas que colman una ansiedad se tratara. Creo haberlos leído puro, sin otro afán que el de sentarme a vivir en otro mundo. No pasó nada mientras leía: pasó todo después. Cayó como lluvia en campo pelado el libro, luego de un par de lecturas accidentadas y menores. Me preparó para lo siguiente, que es todo lo demás. Hoy, a semanas de haberlo leído, reconozco en mis lecturas un candor que seguramente vengo arrastrando desde que cerré el libro de Keret. No, no es una influencia mayúscula y definitiva; solo digo que, a pesar de todo, la literatura sabe darse la mano con la vida.

 

Además, Sexto Piso trae a la mesa, como efecto colateral, la discusión sobre la traducción. ¿Cuántos a toda madre, gachos y tranqui, güey caben en una traducción sin sonarnos estorbosa y forzada? A mi gusto, la cosa aquí sale sobretodo bien y no encaja mal el intento localista del traductor.

 

(“Pizzería Kamikaze y otros relatos”, de Etgar Keret)

 

jueves, 19 de marzo de 2009

La residencia de la belleza

 

La belleza admite definiciones diversas. Una de ellas ocurre siempre que se juega al béisbol. La franqueza de una lucha en la que ese que defiende abre la puerta a la posibilidad del ataque es no solo grandiosa, sino sublime. Ya no digamos de lo tenso y exacto de la belleza que es la contención de juez y partes en un área tan pequeña como nuestra presencia en el mundo: somos para hacer y ser juzgados por ello. Lo aceptamos y eso es un diente más del engrane que extiende el hilo de lo vivible y contagioso. Mirar como cabe en un período de 3 horas el levantamiento de una montaña a partir de pedazos de tierra y de virtud llena de muchas cosas buenas la vida.

 

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Epílogo: Japón eliminó a Cuba del Clásico Mundial de Béisbol, dejando a un equipo impensablemente perdedor con la posibilidad, apenas, de un 5to lugar. Ver el juego me demostró, a manos llenas, en dónde prevalecen la belleza y la razón.

 

martes, 17 de marzo de 2009

Acomodarle caldo a la taquiza

 

Maridar comida y vino es una actividad compleja, intensa, poéticamente cercana al fallo. Cuando se trata de comidas mexicana, el maridaje se antoja forzado, excesivo: ¿por qué preocuparme por maridarle vino al mole cuando una buena cerveza o –si la ocurrencia mexicana es costumbre- una cocacola hacen perfectamente el trabajo de acompañar lo delicioso de la combinación de chiles y chocolate? No sé, pero a veces sí que se antoja arriesgarse y ponerse a sopesar caldos frente a platillos improbables. Ayer, Camenchi y yo salimos airosos –satisfechos, contentos, ya enervados por el alcohol- de una comida que incluyó sopa de tortilla, tripas fritas y tacos de filete con chicharrón, todo perfecta e intensamente arrosado con un Monte Xanic varietal syrah que hizo que la grasa, lo picante y hasta lo estrambótico del aguacate se llevasen no solo bien, sino que, misteriosos y anónimos, se fundieran con humores y bajaran por mí montados en el delirante cuanto fragante final pimentado del tinto en cuestión. Nada nuevo: hace ya meses, mi amigo F. propuso enfrentar un tinto syrah con panuchos de pavo con repollo y salsa roja y el resultado de la contienda nos dejó sorprendidos y animados.

 

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“Do you feel the spiciness of the syrah?”, me preguntaba Don Miller mientras miraba yo un violeta único, maravilloso. Sí, sí que lo sentía y apuntaba yo a las posibilidades.

 

 

miércoles, 11 de marzo de 2009

Tarde como si nada

 

quien es exacto

 

un montículo

 

hay un aire resueltamente absurdo

 

esto no es

 

un verbo sí es

 

la verdad sube

 

exactamente altiva

 

(todo quieto

 

presente

 

otra vez)

 

La razón a quien la tiene

 

Hace unos meses, a propósito de la salida en salas de la película Martyrs, decía yo que el cine francés actual se daba un respiro, luego de décadas de pretensiones y bandazos inútiles, y lo hacía siguiendo un esquema diferente. Sí, un esquema fundamentado en la fusión de un cine gore y de horror con lo más preciado del cine galo: la idea secretamente extendida de que el cine no es sino un pretexto para explorar la psique de los personajes. Joder, que sucede hasta en sus comedias más bobas y en su cine de acción (sic) más innoble e ingenuo. Y así se llegó a una fórmula que ya nos ha dado muchas cintas, todas ellas intentándose diferentes y todas ellas pretendidas muestras de que el cine francés respira, nuevamente, y lo hace a bocanadas que se dejan sentir por todos lados. Grosso modo, eso es lo que dije por aquí hace unos meses. Mi primo N. me refutó, alegando influencia asiática y no sé cuántas cosas más. Respondí a la defensiva, claro, y argumenté similitudes con el black metal –ese sí: fantástica y oscuramente bien logrado– sin mucho convencimiento. Total, que hace unas semanas vi Frontière(s), de Xavier Gens, peli anunciada como ejemplo de ese respiro tan  ­–ahora sí: sospechosamente– publicitado. Resultó poco menos que un fiasco: ni la violencia, ni la supuesta exploración de emociones, ni el dominio de la técnica (fotografía, sonido y hasta edición banales), ni mucho menos la trama son comparables con sus pares asiáticos. Ya me pregunto, humilde, si N. no tendría finalmente la razón: una peli no hace primavera y el cine francés, desafortunadamente, sigue preguntándose dónde carajos encontrarse…

 

martes, 10 de marzo de 2009

Jackass

Metáfora de lo que es grande y bueno

Los destinos son ominosos. Algo de fatalidad ensombrece la frontera entre incertidumbre y consumación. El béisbol, como ninguna otra actividad del hombre, sucumbe –cual Sísifo en mallas– a la comedia: nada es tan impredecible como la resolución de un momento estático en el que todo, salvo la pelota, están quietos. Cuando las cosas se mueven, todo, absolutamente todo lo humanamente imaginable, puede suceder. Ya sucedió. Sucedió el domingo.

 

Uno de Robert Frost

 

Fire And Ice

 

Some say the world will end in fire,

Some say in ice.

From what I've tasted of desire

I hold with those who favor fire.

But if it had to perish twice,

I think I know enough of hate

To say that for destruction ice

Is also great

And would suffice.