martes, 23 de junio de 2009

Perfectamente coherente

 

Me dicen que la casa de marras se localiza en Mexicali, B. C. Me dicen, también, que sorprende toparte con cosas así. No sé. Ya vamos viendo que eso que llamamos lo nuestro es en realidad una melcocha de jolgorio, de celebración del mal gusto y de simple torpeza. Nuestra vida, pública y privada, está empapada de ejemplos. ¿Alguien lo duda? Desde los vaivenes del tristísimo quehacer político (que admite que alguien que a todos llama peleles y que culpa de todo a la mafia, venga y mueva peleles y pida a la mafia que se haga lo que él dice) hasta los mamarrachos de nuestro entretenimiento musical, televisivo y de cine, nuestro país es un sueño pesado de un ser infantiloide, volátil y holgazán. Qué triste.

 

lunes, 22 de junio de 2009

Otro de José Emilio Pacheco

 

De “El reposo del fuego”

 

10

 

Sangre y humo alimentan las hogueras.

Nada mella el fulgor.

Y las montañas

reblandecen los siglos, se incorporan,

desbaratan su ritmo, son de nuevo

piedra,

mudez de piedra,

testimonio

de que nada hubo aquí,

de que los seres,

son del polvo también,

se tornan viento.

 

Ser de viento espectral, ya sin aullido,

aunque busque su fin, aunque ya nada

pueda retroceder.

El polvo es tiempo.

Es la tierra que da su fruto amargo,

el feroz remolino que suspende

cuanto aquí se erigió.

Sólo las flores

Con su orgullo de círculo renacen

y pueden esplender, soltar su aroma

y nuevamente en polvo convertirse.

 

martes, 16 de junio de 2009

algo me parece

 

atestiguo mayestáticamente que el conjuro fue eterno Comenzó antes No terminará sino conmigo Personalísimo se me hizo Todo es íntimo Y compartirlo o no es ya una intrascendencia Cómo no Dirán los pelmazos A esta altura ¿importa? Sí o no es lo de menos También Porque se me fue en un sueño y Sin embargo Lo confirmo Cada nombre dispara una nostalgia Tan vieja o reciente como se quiera No me animo a dar lecciones: Apenas y puedo dar testimonio Pero son muchos años machacando con esto y (Respiro) no pinta la cosa para ser diferente (Respiro)

 

Uno de Carl Sandburg

 

They All Want To Play Hamlet

 

They all want to play Hamlet.

They have not exactly seen their fathers killed

Nor their mothers in a frame-up to kill,

Nor an Ophelia dying with a dust gagging the heart,

Not exactly the spinning circles of singing golden spiders,

Not exactly this have they got at nor the meaning of flowers - O flowers,

flowers slung by a dancing girl - in the saddest play the

inkfish, Shakespeare, ever wrote;

Yet they all want to play Hamlet because it is sad like all actors are sad

and to stand by an open grave with a joker's skull in the hand and

then to say over slow and say over slow wise, keen, beautiful words

masking a heart that's breaking, breaking,

This is something that calls and calls to their blood.

They are acting when they talk about it and they know it is acting to be

particular about it and yet: They all want to play Hamlet.

 

 

martes, 9 de junio de 2009

Saturday Night Live

 

A pesar de que lo considero una necedad mayor Se valía ser purista Al cabo que Creeping death Fight fire with fire Seek and destroy Pero lo importante estuvo Y sigue estando En otro lado Del lado de la música 5 veces ya Metallica en concierto Y como hilo conductor los altibajos Que no lo son tanto No para mí Que si Napster Que si Load y ReLoad Que si vendidos Que si el corte de pelo (¿a quién carajos puede import…) 5 veces Metallica en concierto y siempre una tremenda descarga Pura caña Energía de verdad De esa que solo el metal Altísimo 5 veces y todas como nostalgia ya Pero 1ra vez en México ¿Cómo imaginarlo? Alucinantemente espeso y atronador de principio a fin Antes: la experiencia del concierto como revelación Ahora: la experiencia del concierto como confirmación Como faro El concierto de 2003 para 300 personas en París La intimidad Pero las 50-60 mil en el Foro Sol recibieron una descarga más candente La edad es una rabieta y listo El metal da siempre para más Metallica da siempre para más Si no lo creen: la prueba: aparte de las anteriores: One The day that never comes Enter sandman For whom the bell tolls Sad but true y más ¿Qué es catarsis Si no esto?

 

Tezto, nomás

 

Alejandro Rossi da la vuelta por ahí

 

la imagen

 

en la hoja

 

es solo

 

una palabra

 

(el texto se levanta sobre

 

el enramado)

 

un escritor tiene el tino

 

de acelerarlo todo

 

: la palabra

 

absurda opaca ausente

 

es suya (echada a vivir)

 

lunes, 8 de junio de 2009

Don de pluma

 

Hay gente que sabe escribir. No, no quiero decir tomar un lápiz y pergeñar unas cuantas palabras para esbozar una idea. Quiero decir que hay gente que tiene el talento para hacer que las palabras sean más que solo medios: su fin y su justificación. Palabras contenidas en sí mismas y, sin embargo, abundantemente expresivas. Así, con elegancia y parquedad hermosas, así escribía Alejandro Rossi. Y me enteró de que se fue como si me enterara de que perdimos algo, de que todos perdimos algo. Deja, sin embargo, cosas valiosísimas. Publicó poco; lo necesario, tal vez. Lo recuerdo, en este momento, sobretodo por dos ocasiones:

 

·         Rossi en una sala repleta –100 personas en ella, un triunfo– del Teatro de la Ciudad, en Monterrey, hablando mucho de la literatura y sus pormenores, de filosofía del lenguaje, de Octavio Paz y de poesía. Tocó, en poco más de media hora, temas cuyo hilo era la literatura (y, ya sabemos, ahí cabe todo); respondió, con paciencia de filósofo, las preguntas geniales y necias que surgieron, sin limitación de tiempo y, mucho menos, intelectual. Creo que todos los que estuvimos ahí salimos de la charla agradecidos y un poco más serenos ante una vida que de repente se vuelve mejor porque la literatura encuentra cabida en cualquier resquicio.

·         Rossi como lectura en mi viaje de bodas. “Edén. Vida imaginada” fue excelente balance a un viaje de confirmación emocional. Puede sonar pretencioso, pero la lectura de la novela/memoria hubiese encajado perfectamente en cualquier momento, en cualquier lugar. Tal es, acaso, la fuerza mayor de Rossi: una lectura que no requiere del lector un humor o disposición particular. Una lectura que solo pretende –y encuentra, cómo no– alojarse en el espacio que forma la confluencia de nuestro gusto, de nuestro aprecio, de nuestras manías y de nuestra razón. Leer a Rossi en pleno inicio de una vida en común no hizo sino completar el estado delirante y a la vez reposado en que me encontraba.

 

(esta tarde hojearé alguno de esos textos breves y perfectos de “Manual del distraído” o “Diario de guerra”…)

 

jueves, 4 de junio de 2009

Y yo que me burlaba...

 

Una de las primeras cosas que puse en este blog, hace casi 2 años, fue una serie de portadas de discos que, francamente y aún comparándolas con los figurines que vemos por ahí, relucían como adefesios en un entorno de suyo abominable. Lo que en aquella ocasión me repelió no me preparó para esto: los artistas (sic) que estaban detrás del Muro mostraban de igual manera que la ocurrencia –ese encanto tan mexicano– no es privativo de los capitalistas, tan dados como somos a lo simplista y chusco. Ya no sé, lo digo en serio, hasta donde puede llevar la búsqueda, inocente o no, de la fealdad, de lo ridículo.

 

jueves, 21 de mayo de 2009

Enfrentando la invasión

 

la vida campechana Nomás esperando que toda la barbarie nos pase de frente Imaginemos un día sin libertad: las opciones son solo una y lo dicta la masa Y ya A joderse nomás Olvidémonos de lo que de veras enciende nuestras ganas y nuestro ánimo Eso es historia ya O no dejarnos O encontrar maneras No de enfrentar Sino de evitar claudicar ¿Es eso rendirse? Depende de cómo se mire Lo importante entonces es mirar pasar Lo importante también es Cómo Y ahí entra el color de nuestra armonía O no Simplemente una ligereza en cuanto a la vida (La vida que es entorno y que es un aire que nos lleva, simplemente) La vida campechana pues Por eso me llamo a mi mismo a la cordura Los que me rodean son otra cosa Menos sana Más sombría No puede ser bueno bajar la guardia Tampoco Levantar los puños ¿Es cobardía hacerse a un lado? Ya perdí esperanza Pero he ganado afectos y amor y gustos personalísimos y manías divertidas y risas y cosas mías y de otros que ya son mías Perdí las ganas de enfrentar Pero Ah Cómo he disfrutado enderezarme cuando creo verme afectado Para eso son las cosas ¿De qué sirven nuestras pasiones? La vida campechana es la vía

 

(me voy por un café)

 

lunes, 11 de mayo de 2009

La guerra perdida

 

Somos los que intentamos volver a las cosas los que estamos mal. Los demás, los que son incapaces de pensar por encima de su nivel intelectual básico, deben de estar bien. Cualquier ejercicio intelectual que exija más que la simple decisión de abrir los ojos, mover un dedo o sentarse a comer, es una actividad estrafalaria e innecesaria: nada puede valer la pena si hay que pensar para adentrarse a ella, argumentan los demás. Por eso no interesan ni el cine, ni la música, ni la poesía, ni la literatura, ni el arte ni nada que de verdad valga la pena. Interesan, esos sí, los ritmos mediocres y facilones, como el intelectualmente desposeído reggaetón. Interesan, esos sí, los suspiros y gazmoñerías repetidos ad nauseam de la telenovela en turno. Interesan, esos también, los libros que nos dicen cómo hacer las cosas –como si la vida fuese un procedimiento. Interesa, lo veo todos los días, cualquier inmundicia envuelta en colores brillantes: la persona promedio acepta por buena cualquier trastada, siempre y cuando sea del gusto de la masa.

 

Dice Alessandro Baricco, el excelente novelista italiano, que la 9na sinfonía de L. v. Beethoven fue la primera composición musical que hizo a los críticos volver a ella para saber qué estaba pasando. Antes, al parecer, no sucedía así. Ahora, ya se ve, tampoco. Cualquier melodía ñoña es himno al día siguiente de ser pasada por la validación de la radio y el hit parade. Los aeropuertos son, lo dicen los que leen, el punto de venta más grande de libros. Claro, libros que no piden al lector más allá del gruñido neuronal, del simple y llano movimiento de los ojos. De Carlos Cuauhtémoc Sánchez a Dan Brown, pasando por Coehlo y otros autores igual de pobres, ya vemos hacia donde va la clase culta que, insisto, lee. ¡Ah, la estupidez! ¡Da libertad para entretenerse con tan poco..!

 

¿Otro ejemplo? El cine. Ya enfundado en su valor de ocio poco inteligente, el cine no es en sí, sino en su perímetro: valen más –no solo en términos económicos, sino de peso específico en el gusto de la masa– la promoción, la figurilla de acción, el nombre del actor y hasta la inminencia de una secuela. Un premio, sobretodo si es un disminuido Oscar, se puede anticipar: ¿la peli toca tema social con supuesto coraje, lleva nombre conocido y apacigua la necesidad del público de pedir prestadas las emociones? Premio de la Academia, seguro. O qué tal: ¿el actor en cuestión deja de lado el cine de comedia/aventura/acción para tocar tema sensible con increíble, por impostora, postura histriónica? Premio(s) de la Academia, seguro.

 

El entretenimiento no requiere, parece decir la sociedad, de ningún esfuerzo. ¿No se dan cuenta, me pregunto, de que en el esfuerzo hay también un goce y un placer que no son menores? ¿Habrán, alguna absurda vez en su vida, tenido la paciencia para esperar, para escuchar, para dejar que las moscas muertas dentro de sus cabezas se pongan a revolotear? No lo creo. Las cosas, nomás, seguirán igual. Y eso, en el mejor de los casos…

 

(Corolario: “¡Qué influenza ni que ocho cuartos! Vamos a seguir adelante hasta que haya democracia” dijo el Lic. López, ese involuntario Borat con el que acarreamos por ser una sociedad mediocre.)

 

viernes, 8 de mayo de 2009

El crecilac de todos los días

 

Día aciago para el béisbol. No, Manny Ramírez no es un caso único. Ni siquiera, la gota que derramó el vaso. Es, tan solo, un ejemplo más de la inercia que ya puebla este deporte. O todos, para el caso. Ayer leía a personas que pedían que los recientes triunfos en Serie Mundial de los Red Sox se marcaran con un asterisco, para dejar en claro de que detrás de eso hubo trampa y mala fe. Pero, en ese espíritu, ¿no tendrían los Yankees que deshacerse de no sé cuántos campeonatos divisionales y de liga por haber tenido -o tener, lo que es peor- a ejemplos probadísimos del consumo de esteroides, como Giambi, Clemens, Pettite, A-Fraud etc.? Y lo mismo con los otros 28 equipos. Lo que es cierto es que no podemos mirar con la misma óptica a Hank Aaron y a Barry Bonds, ni a Babe Ruth y a Mark McGwire. No me extraña que el record de Joe DiMaggio, 56 juegos consecutivos pegando de hit, no se haya roto en 67 años ni se vaya a romper nunca: no hay droga que te ayude a ser constante...

¿Qué pensar del castigo? Manny volverá en Julio y seguirá bateando -aunque sin ayuda del crecilac- y conducirá a los Dodgers, quizás, otra vez a los playoffs. Le reducen casi 8 millones de salario, pero ¿hace mella a un jugador que ha ganado más de 200 millones en 10 años? No lo creo. Lo siento por Manny, pero mientras la MLB no se faje los pantalones e imponga castigos de verdad (¿qué tal una temporada sin jugar y sin sueldo y banned for life si reincides?), no habrá manera de disuadir a novatos, estrellas y demás de que el béisbol es un deporte donde se compite con habilidades formadas, no prestadas.

 

jueves, 30 de abril de 2009

Los días como hilo

 

la forma de la mañana

 

es puro cuento

 

: nada termina por creerse

 

resta confiar en que la noche

 

nos permita

 

seguir siendo

 

ingenuos

 

martes, 28 de abril de 2009

La ofensa siempre está en otro lado

 

Se dirá lo que sea, pero ofenderse porque una publicidad en España muestra a un mexicano estereotipado –sombrero de ala anchísima, máscara de luchador, chaparro– es una exageración. ¿Por qué nos ofende, al grado de ameritar regaño diplomático, una publicidad inocua, cuando nosotros mismos nos prestamos al juego de la ocurrencia? Sí, de la ocurrencia: ese malabar de la psique mexicana que consiste en trastocar el sentido común. En todos lados se ve lo mismo, estoy de acuerdo, pero ¿en todos lados se lastima tanto al gusto?

 

lunes, 27 de abril de 2009

Improbable, difícil, rarísimo: grandioso

 

Con salvedades, intento siempre anteponer el béisbol –así, a secas– al triunfo del equipo favorito. Quiero decir: siempre valdrán más en mi recuerdo y en mi goce los destellos de una jugada única, de un juego llevado de la mano de los pitchers, que el resultado a favor del equipo favorito. No quiero decir, claro, que me es indiferente el triunfo: algo de sabor a hazaña épica hay siempre en ese último out con marcador a favor. Por ello, aún respiro el ánimo festivo que me envolvió ayer cuando, tan inesperado como la felicidad, Jacoby Ellsbury se robó el home en el juego contra los Yankees, en Boston. Se entiende: el robo de home es rara avis en el catálogo de jugadas de ataque posibles en el béisbol. Es, quizás, la menos intentada, la menos exitosa, la más complicada: la más grandiosa. Correr las bases no es cosa fácil: menos, aprovecharse de una fracción de estática para aventurarse a lo imposible. Robar base requiere más, mucho más que velocidad al correr: se depende del colmillo, de la oportunidad, de ver abrirse una ventana incierta. Solo dos resultados son posibles: la gloria o el descalabro. Cualquiera que sea el resultado –la carrera anotada o el sonoro out en home–, quien pierde en esa aventura lo hace con una dosis de humillación que, seguro, debe saber amarguísima. Ayer, Ellsbury se atrevió a desafiar, con todo éxito, a la poderosísima maquinaria defensiva de los bombarderos del Bronx. Grande por partida doble, lo aplaudo.

 

jueves, 23 de abril de 2009

El entusiasmo, explicado

La posibilidad de un encuentro mayor llena, lo menos, de una emoción y una felicidad únicas: solo en presencia del placer nos encontramos y somos y nos comprendemos a nosotros mismos, creo. Necesariamente, la búsqueda inconsciente de la cotidianeidad del hedonismo nos vuelve distraídos, oblicuos: caemos en cuenta del fallo a favor cuando ya dentro de nosotros florecen, irremediablemente, la pasión, la energía, los sentimientos más impuros y más sublimes. Pasa pocas veces, y nunca son inofensivos. Pasa inesperadamente, cuando creemos todo perdido. Pasa y permanece algo, aún inexplicable, que modifica la manera que tenemos de acercarnos al mundo, al entorno, al Otro: a nosotros. La lista de eventualidades o placeres absolutamente espontáneos es forzosamente corta: únicamente la restringe eso que nos hace ser diferentes. Y eso, claro, pesa mucho. Es todo. Entre lo mío, pienso sobretodo en la validez del heavy metal, en el sabor extrañamente indispensable del café, en la euforia exquisita del vino y la cerveza, en la sencillez y-¿quién me lo hubiera dicho?- la arrogancia del couscous, en la apertura sensorial del peyote y el LSD, en la abyección y redención de la poesía (¿cuántas cosas es la poesía?), en la oscuridad del cine,…

 

Desde hace unas cuantas semanas, algo parecido me está intrigando. Algo que quizás sea. O no. No importa: si lo es, estaré adentrándome a otra etapa de (re)conocimiento, de búsqueda: de encuentro, sí, de encuentro con ese que soy yo y que aún –y, quizás, por siempre- desconozco. ¿Quién soy? No lo sé sino yo y, sin embargo, dudo… Si resulta que no, que es simplemente un vistazo, entonces habré, de cualquier forma, disfrutado ese periodo de vida. Por lo menos, el triunfo es mío. Desde hace unas cuantas semanas, la ópera se acercó a mí. Me da entrada y entro, por fin. Pero entro poco a poco y cauteloso: sé cuán rápido se extinguen los destellos de grandeza. El camino fue, lo veo ahora, sumamente natural: la música vocal me es cara desde hace años: J. S. Bach como rango mayor del genio. Me gusta escuchar, pero ¿por qué no la ópera? ¿Qué me alejaba? La respuesta no es otra que yo mismo: nada en mí me acercaba a ella y ella, claro, me cerraba las puertas. O lo merezco o no y mi esfuerzo era pobrísimo y, aún más triste, vano. Culpo también a la tragedia contemporánea que son los cantantes populares: Paul Potts, Il Divo, Andrea Bochelli o pavonadas como Domingo interpretando poemas (sic) del anterior Papa,… ¿Qué de ello es peor? No hay límite superior para la porquería. Entonces, a tientas, me acercaba por otro lado: un aria es un reducto que otorga inmunidad y cierta confianza. El salto a la obra completa no se dio sin sus bemoles. Se dio, es lo que vale. Apenas me adentro, y ya me entusiasmo todo. Apenas me adentro y no sé si la entrada ya se abrió por completo, si de veras me permiten la belleza. No sé. Hoy, escucho. Hoy, disfruto. Mucho.

 

miércoles, 8 de abril de 2009

Notas sobre el drama

 

Ayer, cuando salimos del cine después de ver “The reader” –peli ciertamente recomendable, que no excelente, acerca de una relación amorosa hilada sobre la fuerza que tienen las palabras– me di a pensar acerca del componente moderno del drama: ¿por qué el público en la sala no suspiró cuando sucedió el clímax de la película, la escena de mayor carga dramática? Ah, ya: porque no hubo explosiones, no hubo gestos marcados en los rostros de los protagonistas, no hubo música estridente. Pero, ¿y qué con eso? ¿Cuándo perdió el drama esa potencia inherente en manos de recursos válidos pero no indispensables? ¿Cuándo se torció la ruta y satisficimos nuestra hambre de emoción dramática con meras imitaciones? Y todo esto viene a cuento porque, entre el sábado y ayer, coincidí musicalmente en dos monumentos musicales, igualmente dramáticos, que llevan la emoción de maneras no necesariamente opuestas pero sí diferentes: ya Leonard Bernstein se preguntaba cómo había pirados que calificaban de undramatic a la Pasión según San Mateo de J. S. Bach, cuando la mera postración del escucha ante el suceso que definió la cultura occidental –Semana Santa como repetición- es inmensamente emocional. Pero también escuché –y vi, con la maravillosa Anna Netrebko y el mexicano Villazón- el primer acto de La traviata de G. Verdi, donde el drama, ahí sí, es todo gestos y liviandades cantadas casi a gritos y excesos y muerte y vidrios rotos. Gustóme bastante, claro. Y entre las dos, ¿qué? La telenovela mexicana debe todo a la ópera. El cine de acción, el cine de drama, el teatro moderno: el drama como muestrario de excesos. ¿En qué momento extraviamos el rumbo, insisto?